miércoles, 29 de febrero de 2012

Cargado de ilusiones.

Vamos a dejar los textos tristes, ¿de qué nos sirven?, ¿para desahogarnos? Cierto, te quedas a gusto, a veces sirven de algo, y otras no, no es tan fácil hacerlo como decirlo, pero si ponemos fuerza y empeño, lo conseguiremos. Con la edad que tenemos ahora, no hay que comerse la cabeza, hay que ser feliz, disfrutar con los amigos, y por muy enamorada que estés, aunque creas que nunca aparecerá nadie así en tu vida, tranquila, tienes mucho por delante que vivir. Ahora piensas que no, tienes esa obsesión metida en la cabeza, pero con el tiempo, mucho, mucho tiempo, acabas pasando de todo. Puede que el amor que tanto has querido, vuelva hacia a ti, o puede que no, eso es lo de menos, lo importante es nuestra felicidad misma, que nuestra sonrisa no dependa de nadie, sino de lo que nosotros mismos hagamos. Quiero vivir el presente, y no quedarme apalancada pensando en el pasado y en un posible futuro, el pasado no vuelve, y el futuro, ¿qué futuro?, ya vendrá solo. He dejado de llorar por tonterías, porque el día que me encuentre con un verdadero problema, si que lo pasaré mal de verdad. Voy a disfrutar al máximo sin que nadie me lo impida. Ahora sé que hace más el que quiere, que el que puede.

-Al fin y al cabo, terminé donde empecé.


lunes, 27 de febrero de 2012

El corazón delator.

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí, ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!


Tú baila, sólo baila.

No, no voy a convertirme en ese tipo de personas que tanto odié. No voy a hacer todo lo que siempre dije que no haría. No voy a dejar que me pisen. No voy a ser esa que siempre está ahí. No voy a olvidarme de quiénes son mis verdaderos amigos, ni de quién me empujo escaleras a bajo o me dio una patada en el culo. No voy a dejar de salir, de bailar, de reírme, de escuchar música a todo volumen. No voy a dejar de adorar el verano, ni de silbar. No voy a dejar que alguien entre en mi vida, y tenga el poder de desorganizarla, así de gratis. Y es que nos encanta tropezar y volver a caer, porque por algo somos humanos. Porque vivimos de las ilusiones porque sin ellas, a pesar de todo, no podemos vivir. Nos encanta hablar de amor, sin saber muy bien que es. Infravaloramos la amistad, cuando son nuestros amigos los que siempre nos sacan de todo. Pero es que después de todo, somos expertos en, sí nada sale bien, empezar de cero.

-Es una obviedad, pero quizá no esté tan claro.

domingo, 26 de febrero de 2012

No es orgullo, es amor propio.

¿De verdad esperas dar marcha atrás? Piénsalo bien. Volver donde todo empezó, caerte en cada bache, girar en cada rotonda, resolver cada cambio de opinión, buscar el por qué de las preguntas, hallar todas las respuestas, mirar al cielo todas las veces que miramos mientras luchamos en medio de la batalla, mirar cada muerto que queda, cada puto resto de todo lo que fuimos. Todo esto para llegar al principio, a algo que no se parece en nada a nosotros. Olvidar todo lo pasado y volver a empezar de cero, porque no te quieres plantear el vivir sin mí. ¿Y te piensas que yo me lo planteo? ¿Te piensas que alguna vez en mi vida me lo he planteado? Habría sido imposible, todos los días mirando todos los errores, intentando barrer la culpa, que un día era mía y al siguiente tuya. No entiendes nada. Yo simplemente dejé pasar los días, dejé pasar el tiempo sin pensar, cambiar la piel, dejar que todo siguiera su curso, como si no te conociera. Es imposible mirar hacia atrás y darme cuenta de todo lo que me estoy perdiendo. Todo lo que he crecido a tu vera, me miras antes y después, y soy otra. Más alta, más morena, ni si quiera me parezco a todo cuando empezó. Ha pasado más de un sexto de mi vida, pero lo mejor es que voy creciendo, el denominador va cambiado y ese peso se va haciendo cada vez más pequeño, hasta el punto en el que llega a ser imperceptible. Pero yo sé que siempre estarás ahí y no pretendo darme cuenta cada día. Simplemente lo sé, como sé que el sol se pone cada día, como sé que nunca veré una cara de la luna; son cosas que se saben. Pero también se sabe cuando las cosas acaban. Por eso no espero volver a lo que fuimos, yo ahí daba mucho más asco que ahora, podría haberme perdido en tus sonrisas y haber sido incapaz de negarte un triste abrazo. Ahora ni lanzados los quiero. Me apartarías de mis metas, de mis deseos, y yo sería incapaz de decir qué había más allá de el sueño que se cumplía teniéndote aquí conmigo.

-Acaricia un círculo y se hará vicioso.

sábado, 25 de febrero de 2012

Nessuno ha detto che era facile.

Me dispongo a despegar, me vale la pena marear, sangrar, decir, averiar, hacer el torpe, o me da por preguntar de dónde he salido y qué valdrá marcharme lejos, cambiarlo todo por un monte. Quizás seas tú, quizá el control, quizá sea yo, quizá el temor, o las historias que nos llevan al reproche. Ya te dije lo que soy, un tirado, un cualquiera, que malvive a su manera. Duermo poco, bebo mucho, moriré en la carretera o a los pies de una farola. No me creas mucho, aunque no te mienta. No me tientes que entro al trapo; yo no quiero madrugadas sin compartir almohada. Se nace y se muere sólo, y en mitad de ese camino, quiero un rato divertido, quiero amigos, alguien que me quiera. Pero claro, para siempre es mucho tiempo; y una noche poco rato.

-Decirte que hay corazones que no huyen de la tormenta.

Dale una patada al reloj.

Hay cosas que uno no puede hacer solo; discutir, subirse y sujetar una escalera a la vez, o doblar una sábana de esas de cama de matrimonio. Yo toda mi vida he pensado que lo ideal era vivir en pareja, por muy extraña que fuera la pareja, de hecho hay parejas que acaban convirtiéndose en tríos, parejas que se van quedando sin pareja, porque no se puede evitar el miedo a no estar a la altura. Hay parejas que son imposibles por definición, por historia y por física, aunque no por química; parejas en las que la química se ha ido gastando aunque sigan siendo una familia, familias donde en algún momento hubo una pareja, parejas que fueron en algún momento y ya no son nada. Y eso es lo que más miedo da en la vida: cuando la pareja se rompe; sea por lo que sea, la primera sensación que se tiene es de pánico, un miedo atroz al cambio, a la perdida de control sobre nuestras vidas, un miedo atroz a estar solo; pero cuando se llega a la soledad uno se da cuenta de que la ruptura puede llevarnos a un lugar mejor.

-Hoy es el primer día del resto de mi vida, porque desde hoy creo que lo más importante en esta vida es saber volar solo.

martes, 21 de febrero de 2012

Nada se pierde, todo se transforma.

Puedo ponerme cursi y decir que tus labios me saben igual que los labios que beso en mis sueños, puedo ponerme triste y decir que me basta con ser tu enemigo, tu todo, tu esclavo, tu fiebre, tu dueño, y si quieres también puedo ser tu abogado, tu juez, tu miedo y tu fe, tu noche y tu día, tu rencor, tu por qué, tu agonía, o tal vez esa sombra que se tumba a tu lado en la alfombra a la orilla de la chimenea a esperar que suba la marea, o tal vez ese viento que te arranca del aburrimiento y te deja abrazado a una duda, en mitad de la calle y desnudo.

-Mis pies son mi único vehículo, tengo que seguir dándole para adelante, pero mientras me voy, quiero decirte: "Todo va a estar bien".